- ¿Terminaste de cambiarte? Dale, salí del baño que ya es la hora. Ya llegaron Juanchi y el Leo... los demás no deben tardar...!
- Ya voy, me estoy peinando todavía... deciles a los chicos que pasen al comedor, ¿sabes si me trajeron regalos?
- Que interesado que sos... juanchi viene con un paquete azul grande y a Leo ya lo conoces, sabes que no puede... igual trajo algo para tomar...
Diez años en la vida de un niño, diez años que eran para Rodrigo como el término de una etapa, la conclusión de un camino, el inicio de una nueva vida...
Terminó de peinarse y ajustarse los cordones de sus zapatillas y bajo corriendo por las escaleras para recibir a sus primeros invitados. Pero de pronto algo lo frenó, sintió el olor a azucar quemada y corrió a la cocina mientras imaginaba la situación que se avecinaba. Y si, mamá le había hecho un pastel enorme con grajeas de colores y mucho chocolate, con diez grandes velas color canela en el centro y nueces trituradas esparcidas por toda la superficie blanca de crema...
Pasados unos minutos llegaron todos. Eran muchos, y a la vez los de siempre... estaba el tio Ricardo con su nueva novia que tenia casi 15 años menos que él, estaba la abuela Tita que fruncia el seño cuando su yerno empezaba a hacer chistes entre copa y copa de sidra. También estaban los primos del valle, que no le simpatizaban demasiado al agasajado, pero como siempre se dice “a la familia uno no la elige”.
Eran las seis y media de la tarde y el otoño hacia notar su presencia con las hojas secas en el suelo, cuando de pronto la luz se apagó y se escucho la voz de mamá que empezaba a cantar, mientras casi al instante se plegaban el resto de los invitados. Papá sacaba fotos y entretenía a los compañeros de Rodrigo con sus chistes y monerías.
Después vino la piñata, llena de dulces, papelitos y pequeños juguetes dentro, que alimentaba la adrenalina de los niños y sus ansias de tener la clásica guerra en el suelo para juntar la mayor cantidad de cosas. Mas tarde venian los juegos afuera de la casa, la pelota y la mancha, el ladron y policía y la matanza. Y así se iba el día y de a poco comenzaban a irse los invitados. Primero partian los tios mas viejos, luego los primos mas grandes que tenian a su bebe dormido en la habitación de papá. Finalmente llegaban los padres de los demás niños y así luego de unos minutos solo quedaba mamá con un mar de porquerias por toda la casa, pero con la cara iluminada de felicidad por ver a Rodrigo feliz y disfrutando de sus regalos y de toda la fiesta.
A la noche, la cosa era mas intima. Solo papá y mamá estaban en la cocina, mientras servían parte de la comida que había quedado de la tarde y que hacia innecesario cocinar nuevamente.
Rodrigo jugaba con la pelota nueva y los muñecos articulados que ya tenían su lugar en la cama del niño. La remera y el par de medias estaban aun en sus envoltorios sobre la mesa del comedor. La mano derecha ya no sangraba y mamá había puesto una venda en ella mientras le decía que eso le pasaba por jugar adentro de la casa.
- Que no se enteré tu padre porque te mata. Ese jarro era de la abuela y no sabes como lo quería.
Pasadas las once de la noche mamá le dio un beso a Rodrigo y así éste entendió que era hora de ir a descansar. Ya en la cama los ojos eran dos grandes círculos que aun no habían despedido el día y que querían seguir sintiendo ese cosquilleo en el pecho y en todo el cuerpo, esa ansiedad y ese sentimiento de felicidad que parece eterno. Pasado un rato Rodrigo cerró los ojos y todo se volvió silencio.
- Rodrigo, despertate, tenes que tomar las pastillas.
- Mmm... que... ¿que pasa?
- Dale. Son las siete y veinte, se te olvidó. No se te puede pasar eso, tenes que poner el despertador, tu corazón está débil y no quiero pasar sobresaltos...
- Traeme agua y prende la luz por favor...
Y la luz trajo la verdad consigo. En un segundo Rodrigo sintió que las arrugas de sus manos delataban lo que se había temido.
- Quiero seguir durmiendo, déjame...
- ¿Que te pasa? Decime, no me asustes.
- Nada, estaba soñando... eso pasa.
- ¿Y que soñabas?
Las lágrimas empezaron a rodar por la agrietada cara de ese hombre que degustaba el amargo sabor de la cruda realidad, que sufría el peso que le hacían sentir los 63 años que habían pasado desde aquel otoño.
De pronto quiso secarse con un pañuelo la cara y notó que seguía húmeda... miró hacia abajo mas por instinto que por voluntad y ahí estaba ella... su mano derecha, sangrando, lentamente, casi acompañando las lagrimas... y anestesiando el recuerdo.
16 de octubre de 2005



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